Mientras escribimos este artículo, las escuelas de muchas regiones de Italia se aprestan a reabrir. El primer ministro Conte, la ministro de Educación Azzolina, el ministro de la Salud, Speranza, y la ministro del Transporte De Micheli en conferencia de prensa han garantizado que “el año escolar recomenzará regularmente” y que será posible un “retorno con plena seguridad”. Respondiendo a la pregunta de un periodista, Conte, sin embargo, debió precisar que el “retorno será seguro en la medida en que estamos viviendo una pandemia”. Sí, estamos viviendo una pandemia: una pequeña particularidad de la cual es bueno acordarse, sobre todo en el momento en que, datos en mano, se analizan los recursos efectivos desplegados por el gobierno para la reapertura de las escuelas.

Por: Fabiana Stefanoni

Escuelas inseguras… desde hace tiempo

Es necesario, ante de todo, recordar que el sistema escolar italiano ha sido masacrado en las últimas décadas por recortes millonarios, operados indistintamente por los gobiernos de todos los colores. Los edificios son viejos e inadecuados: no hacía falta una epidemia para demostrarlo. Basta escribir en su google “colapso del techo de la escuela” para tener una idea del estado de las escuelas: tanto profesores como estudiantes han visto de repente caerse el techo. Para no hablar de los edificios escolares que han colapsado después de un terremoto (incluso pequeño). Las aulas de gallinero, con treinta alumnos o más hacinados en un pequeño espacio, representan ahora la norma. Para ahorrar en personal escolar, se elevó el número mínimo de alumnos por cada clase, con el consiguiente recorte de puestos en la enseñanza.

Si hay un principio que ningún gobierno burgués ha cuestionado jamás es el del ahorro: la educación, así como otros servicios públicos, debe ser sacrificada para garantizar financiamiento a las empresas privadas y los bancos. Es así como, de «reforma» en «reforma», la escuela se ha convertido en lo que todos conocemos: estructuras viejas y muchas veces inseguras, aulas abarrotadas en espacios reducidos, ventanas rotas que no abren (o no cierran), personal anciano (la edad de jubilación de los maestros se elevó en cinco años en un solo día), aumento en la utilización de personal precario, recursos masivos a cooperativas privadas, bloqueo de los salarios de los maestros por nueve años, recortes de personal Ata (conserjes, administrativos, técnicos, etc.).

Pero Conte y Azzolina nos invitan a estar tranquilos: en solo dos meses, julio y agosto, ¡todo ha sido solucionado!

Miremos los hechos, más allá de la propaganda: con el Decreto de Relanzamiento del 6 de julio han sido asignados 1.600 millones a las escuelas: una miseria, considerando que estamos viviendo una emergencia sanitaria sin precedentes (recordemos que 500.000 millones han sido entregados a las empresas y a los capitalistas). Solo 30 millones han sido asignados para los edificios escolares: una décima parte (!) del financiamiento dado a las escuelas privadas (300 millones). Si consideramos que los institutos en Italia son alrededor de 50.000, ¡significa que para cada escuela efectivamente solo se han asignado para poner en condiciones los edificios, 600 euros!

Si ya en condiciones normales no había aulas para todos –muchas escuelas se arreglaban entre contenedores en el patio, aulas provisorias arregladas en un rincón de los corredores, clases que giran alrededor de una aula liberada por otros para dar clases– ¿donde encontrar hoy los espacios para desarrollar aulas con un adecuado distanciamiento? Tranquilos, tranquilizó la ministro: llegarán millones de bancos individuales (que hasta ahora no se han visto) y alquilaremos espacios externos a la escuela. Sí, ¿pero cuáles espacios? No se sabe. Las Comunas [ayuntamientos, municipalidades] ya han dicho que espacios no hay y las privadas ricas tiene cuidado de no dejar sus edificios vacíos. Así, entre julio y agosto, hemos asistido a un penoso espectáculo: dirigentes escolares que iban a la parroquia a mendigar una sacristía donde dar alguna clase, guerras entre institutos vecinos para quitarse recíprocamente un pedazo de corredor y de patio, hasta tener que recurrir a contenedores de montaje rápido hechos de madera (los más económicos) que presumiblemente solo serán necesarios durante las primeras semanas antes de que sobrevenga el frío…

El primer ministro Conte será muy hábil para usar un tono tranquilizador en las conferencias de prensa. Pero los hechos hablan por sí solos: las escuelas reabren sin los espacios necesarios para garantizar siquiera una apariencia de “distanciamiento”.

Un desastre anunciado

Es el Comité Técnico Científico del gobierno (CTS) el que establece las medidas de seguridad a adoptar en las escuelas. El Comité ya ha demostrado, en muchas ocasiones, cuán poco tiene de “técnico” y de “científico’ en sus evaluaciones: a título de ejemplo, en febrero, mientras se observaba que el número de los infectados estaba en “rápido aumento”, se preocupaba porque el número de contagiados no llegara a la prensa, es decir no se diera a publicidad. En el capitalismo, quien decide cuáles son las medidas de seguridad a adoptar durante una emergencia sanitaria no es ciertamente una congregación de estudiosos movidos por el amor por la ciencia: decide quien lleva las riendas de la economía, es decir, la gran burguesía, que está interesada, esencialmente, en garantizar la producción de mercancías y la venta de estas en el mercado. Y para eso sirve la apertura de las escuelas: para demostrar que es posible convivir serenamente con el virus y que, entonces, es posible seguir yendo a trabajar y comprando bienes, como si nada fuese, mientras alrededor se multiplican los contagios y las muertes por Covid (en el mundo, según algunas estimaciones, son ya cerca de cuatro millones).

Es por esto que el CTS progresivamente ha bajado el umbral de alarma. En las escuelas, las indicaciones son ridículas y criminales, tanto más si consideramos lo que dijimos arriba, que no hay espacios para el distanciamiento. Las máscaras no son obligatorias: los niños hasta 6 años no las usarán en absoluto, mientras los más grandes, desde la primaria a la secundaria, podrán sacárselas en clase (si la distancia entre ellos es de un metro): es decir, bastará un estornudo para contagiar a una clase entera. No está prevista ninguna medición de fiebre en el ingreso a los edificios. “Debemos hacerlo en las familias”, tronó la ministro: por supuesto, es una pena que muchos estudiantes no ven siquiera a sus padres cuando salen de casa. Incluso si todavía viviésemos en el mundo del “Molino Blanco” que tiene en la cabeza la Azzolina –un mundo donde no existen turnos que trabajan por la noche, ni quien sale de la casa a las cinco de la maña– ¿por qué no medir también la fiebre en la escuela, como una medida más de prevención?

Pero no termina aquí. El personal escolar italiano tiene una edad media muy alta (según datos de la OCSE [OCDE – Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico, en su sigla en italiano], 59% de los docentes tiene más de 50 años) y las escuelas se aprestan a ser uno de los lugares de más riesgo. No obstante, solo tendrán garantizada una máscara quirúrgica (muchos docentes estamos comprando de nuestro bolsillo las mascarillas ffp2 y ffp3): es decir, una mascarilla que, como fue explicado ya durante meses, protege no a quien la usa sino, parcialmente, a los que están alrededor. Para los estudiantes habrá máscaras quirúrgicas gratuitas solo para algunos días, luego –es necesario decirlo, por desgracia– quien viva lo verá.

Siempre con el objetivo de ahorrar y evitar ese recurso para el personal suplente [precarizado] que, entre otras cosas, como los educadores de las cooperativas, serán despedidos en el acto en caso de un nuevo cierre de los institutos, el Instituto Superior de la Salud ha eliminado la edad como factor de riesgo para los trabajadores escolares: se podrá solicitar la exención de la docencia, para ser utilizado en otras tareas menos riesgosas, solo en caso de otras enfermedades graves (los docentes de 65 años pueden permanecer tranquilamente en el aula, en su puesto de combate). Finalmente, la cereza del postre, en las escuelas no hay medidas de desinfección diaria: una “limpieza a fondo” por parte de los conserjes será suficiente.

¿Y qué sucederá en caso de que un estudiante manifieste síntomas de posible infección por Covid? Se le asignará un docente de la escuela (el responsable por Covid) que lo encerrará en una dependencia, con la mascarilla quirúrgica, y lo entregará, apenas sea posible, a sus padres. Entonces, será responsabilidad de este último llamar, eventualmente, al médico o al pediatra, para informar sobre la enfermedad de su hijo. Si el estudiante es identificado como un caso sospechoso de Covid someterán a toda la familia a la cuarentena (pero no a la clase: allí se evaluará caso por caso). Ahora bien, es lícito prever que –siempre recordando a la Azzolina que no vivimos en el país del Molino Blanco– muchos padres preferirán evitar el riesgo de terminar en cuarentena y se cuidarán de llamar al médico: vivimos en un mundo bárbaro, con muchos trabajadores en negro [sin registro de trabajo] que deben ganarse la vida, precarizados que temen por la renovación de su contrato de trabajo, pequeños comerciantes ya penalizados por la crisis que no pueden permitirse el cierre de su negocio; e incluso muchos obreros y empleados que lo pensarán dos veces antes de quedarse en casa con retribuciones de 50% (esto se espera para todos los sectores donde no es posible trabajar home office).

Para concluir, debemos recordar que todo esto fue apoyado por las direcciones de los principales sindicatos de la escuela (desde la CGIL a la CISL, desde la UIL al Snals y hasta la Anief), que incluso han firmado los vergonzosos protocolos de seguridad en la escuela, haciéndose así garantes de un desastre anunciado.

El sorprendente caso de los transportes

Quizás hay un hecho que, más que todos, lleva agua al molino de las peores previsiones, que con la apertura de las escuelas se dará un dramático empeoramiento de la epidemia en Italia (como ya ocurrió en muchos otros países): es la situación de los transportes. Como en los trenes regionales, para el transporte público local no están previstas medidas de seguridad dignas de ese nombre. El gobierno, respondiendo a los pedidos de los poderosos gestores privados, ha eliminado las medidas de distanciamiento en los vehículos de transporte urbanos y escolares: la capacidad máxima se elevó a 80%, incluso para los pasajeros en pie. Para recorridos más cortos (15 minutos) los autobuses y los pulman podrán llenarse más posteriormente, llegando a 100%. Burlonamente, el Ministerio especifica, sin embargo, que será necesario mantener la distancia durante el ascenso y el descenso (distancias mientras si sube y se baja, atascados mientras se viaja) y que se deben mantener abiertas las ventanillas incluso en el invierno (siempre que abran…).

Una pregunta surge espontánea: ¿quién se ocupará de verificar que los viajeros tengamos la mascarilla? ¿Quién verificará, con el autobús lleno, que desciendan 20% de los presentes después de 15 minutos? ¿Quién controlará que se respeten las (pocas) reglas previstas? Es increíble lo que ha anunciado la ministro de Transportes: ¡serán los operadores del transporte público los que garantizarán todas las medidas de seguridad (si así se puede llamarlas)! Ahora bien, imaginemos al pobre conductor, que ya se encuentra en una situación riesgosa para su propia salud, lidiando con una grupo escolar animado: no podrá hacer nada, hacinamiento en el transporte público con la abertura de las escuelas será la norma y el virus afectará a muchos jóvenes y muy jóvenes, así como ya ocurrió en las discotecas.

Es bueno precisar que la difusión del contagio ligado a la abertura de las escuelas no será solo un empresa reservada al personal escolar y los estudiantes mismos: serán, inevitablemente, también los padres, los abuelos, y todos los parientes los que paguen el costo. Es previsible que nos encontramos pronto lidiando con un nuevo terrible pico de la epidemia y reviviendo las trágicas escenas ya vividas hace unos meses.

¿Qué hacer?

Abrir las escuelas en medio de una epidemia no es una cosa para hacer como la hacen los gobiernos burgueses de todo el mundo, es decir, con el espíritu del famoso “o la va o la spacca” [o vivimos o morimos]. Lo que se juega es muy, mucho. El cierre de las escuelas representa, en este sistema económico y social, una tragedia para los estudiantes, para muchos padres y, sobre todo, para muchas mujeres. La educación a distancia no ha funcionado, es un hecho: muchos estudiantes se han visto privados del derecho a la educación y muchísimas mujeres, en esta sociedad machista que hace recaer sobre ellas los trabajos de cuidados, han vivido meses dramáticos, con la imposibilidad de conciliar hijos y trabajo. Pero es como mínimo irresponsable la actitud de quienes, como las grandes burocracias sindicales, palanqueando sobre este grande y real malestar, han apuntado la educación a distancia como el único enemigo, suscribiendo entonces innobles protocolos de seguridad para la reapertura. Abrir las escuelas en estas condiciones pera evitar la educación a distancia es un poco como cortarse la cabeza para evitar la migraña.

Habíamos explicado ya en detalle, en otros artículos, cuál debería ser, a nuestra entender, un plan de reapertura de las escuelas compatible con la sobrevivencia y la salud de las masas (1). Se trata de un plan que presupone un radical cambio económico, político y social, es decir, un cambio de sistema. Un sistema económico basado en la ganancia, que tiene como objetivo exclusivo la venta de mercancía y que arroja a la miseria a grandes masas, no podrá garantizar ninguna protección de la salud, así como no podrá garantizar la sobrevivencia del planeta. Hoy más que nunca es necesario poner a la orden del día la expropiación de la propiedad privada de los medios de producción, la construcción de una economía planificada y colectiva que tenga como principal objetivo la defensa de la salud, de la educación y del ambiente. No se trata de objetivos para un futuro impreciso: deben cobrar vida ya hoy, en las luchas que debemos construir.

En Italia se plantearon importantes iniciativas de huelgas y de protestas. El 24 y 25 de setiembre, los sindicatos de base proclamaron dos jornadas de huelga. Es particularmente significativa la jornada del 25 de setiembre, que llevó a la huelga a muchos sectores de trabajadores –escuela, educadores, sanidad, transporte– al lado de los estudiantes del Friday For Future. También el 26 de setiembre estuvo en agenda la iniciativa de protesta por la defensa de la escuela pública. Nuestro partido, también en vista de aquellas jornadas, organizó una asamblea pública nacional por zoom, el 22 de setiembre a las 20:45 horas, donde participaron profesores, estudiantes, trabajadores.

(1) Véase el artículo publicado en nuestro sitio: “Riaprire le scuole? Sì, ma non così” [“¿Reabrir las escuelas? Sí, pero no así”], original en italiano disponible en: www.partitodialternativacomunista.org/articoli/sindacato/riaprire-le-scuole-si-ma-non-cosi

El presente artículo fue publicado originalmente en https://partitodialternativacomunista.it, 16 de setiembre de 2020

Traducción: Natalia Estrada.