Casi 400 heridos, entre ellos 37 niños, algunos en estado grave, muchos presos políticos palestinos y profanación de uno de los tres lugares más importantes del Islam: la Mezquita de Al-Aqsa (en medio del período sagrado del Ramadán) ha marcado los últimos días de la vida Jerusalén [en árabe, Al-Quds]. Pero también una resistencia palestina que viene de todos los rincones y une a una sociedad fracturada hace más de 73 años, siente también la mano pesada del sionismo, pero no se doblega.

Por Soraya Misleh

Solo en Gaza son ya cerca de veinte muertos, incluyendo nueve niños en un único día, en la punición colectiva impuesta por el ocupante. Vacunas contra el Covid-19 no llegan, pero bombas no faltan. En la estrecha Franja y en Cisjordania, según el Our World in Data, poco más de 43.800 –apenas 0,9%– de los cinco millones de palestinos bajo ocupación fueron inmunizados hasta ahora en medio del apartheid también sanitario.

El estopín esta vez es la tentativa de Israel de seguir con la limpieza étnica en el barrio palestino de Sheikh Jarrah, en Jerusalén. Son 550 de sus 2.800 habitantes amenazados de expulsión de sus casas en este momento. La semana pasada, Israel cercó el barrio y lo aisló para impedir que otros palestinos fuesen en su socorro. Entre los presos, ocho niños, en medio de una ofensiva brutal para intentar sofocar a los palestinos para que dejen sus casas.

En el iftar (la comida nocturna cuando acaba el ayuno) en la Mezquita de Al-Aqsa, el último viernes del Ramadán, 7 de mayo, los palestinos decidieron permanecer en el lugar de oración en apoyo a los moradores de Sheikh Jarrah. Jerusalén ha sido transformada desde entonces, por el sionismo, en plaza de guerra, con las muestras de violencia brutal que el mundo ha asistido desde entonces. El 10 de mayo, se veían explosiones y el fuego tomaba cuenta de los alrededores de Al-Aqsa.

Bombas de gas lacrimógeno han sido tiradas en estos días por Israel incluso dentro de Al-Aqsa en Jerusalén, alcanzando incluso a quien reza sus oraciones, así como cañones con tanques llenos de agua de cloacas. Los soldados de la ocupación están munidos de balas de acero revestidas de goma, granadas y porras, y golpean indiscriminadamente a niños, mujeres, hombres y ancianos en los portones de acceso y alrededor de la Explanada de las Mezquitas. Colonos sionistas han destilado todo su racismo, invadiendo los portones en dirección a Al-Aqsa. Llegaron a invadir la sala de oración Al-Qibli y fueron recibidos con piedras. Este 10 de mayo, uno de los colonos arrojó el auto sobre jóvenes palestinos en Jerusalén, atropellándolos. “Muerte a los árabes” es el grito preferido de ellos, marcado también en las paredes de ciudades y aldeas en la Palestina ocupada.

Palestinos forman el Domo de Rocha con balas y granadas lanzadas por Israel en Jerusalén.

Para algunos, la brutal violencia puede despertar incredulidad. Pero ese es el modus operandi del Estado colonial y racista sionista desde la preparación y consolidación de la Nakba –la catástrofe que culminó con la creación de Israel en 78% de la Palestina histórica mediante limpieza étnica planificada, el 15 de mayo de 1948, con expulsión violenta de dos tercios de la población local (800.000 palestinos)– y destrucción de cerca de 500 aldeas. En 1967, Israel ocupó militarmente el 22% restante de aquellas tierras: Gaza, Cisjordania y Jerusalén Oriental. Más limpieza étnica. Más colonización. Y la Nakba continúa.

Un solo pueblo

La sociedad fragmentada se une en este momento en resistencia para evitar que un capítulo más de limpieza étnica sea escrito con la tinta de la sangre palestina.

En Jerusalén, piedras que desafían a la cuarta potencia bélica del mundo; reconstrucción de lugares destruidos; protección y limpieza de Al-Aqsa enseguida después de los ataques; el nombre de Jerusalén diseñado en árabe con proyectiles de balas y bombas sionistas; además de la sonrisa desafiadora de los jóvenes, hombres y mujeres, mientras son presos por Israel. Los palestinos resignifican la frase del actor brasileño Paulo Gustavo –trágica víctima de la acción genocida de Bolsonaro en relación con la pandemia de Covid-19–: “Reír es un acto de resistencia”.

Palestinos de 1948 parten desde el Oeste al Este de Jerusalén uniendo la resistencia. Foto: Moneeb Saada/Redes Sociales.

Las protestas se extienden, preanunciando la Intifada (levante popular), que aguarda florecer: toman las calles que no se encuentran y no se conectan porque en el camino tienen el sionismo. El 9 de mayo, la cena simbólica puede ser vista: automóviles y ómnibus partieron de la parte Oeste de Jerusalén, ocupada en 1948, hacia el Este, hoy escenario de la limpieza étnica y la barbarie sionistas. Impedidos de pasar por Israel cuando faltaban 15 km para alcanzar el lado oriental –ocupado en 1967–, decidieron hacer el recorrido a pie. Palestinos del lado Este venían a su encuentro. La resistencia heroica desafiaba, así, una fractura que dura ya 73 años.

Desde Gaza, bajo cerco deshumano hace casi 14 años, el recado: saquen las manos de Jerusalén. Nueva lluvia de bombas sionistas sobre sus cabezas desde entonces, y más sangre palestina derramada. Las palabras del poeta de la resistencia, Tawfiq Ziyad, resuenan: “Pero no nos iremos. Y no seremos avarientos con nuestra sangre”.

De ciudades como Jaffa, en la Palestina ocupada en 1948, donde viven bajo leyes racistas 1,5 millones –que el mundo hoy llama Israel–, la voz de las calles gana los medios sociales: Salve Sheikh Jarrah.

Ataque aéreo de Israel contra Gaza.

La resistencia une incluso a palestinos y árabes que viven en los países vecinos. En Jordania se realizó el 9 de mayo una protesta cerca de la Embajada de Israel exigiendo su cierre y la ruptura de relaciones con el Estado sionista. Jordania, que reúne una población palestina mayoritaria, firmó un tratado de paz con Israel en 1994, normalizando las relaciones. Según reportaje publicado en el portal Alarabiya, cerca de 1.500 manifestantes llevaban carteles que decían “Sin Embajada, sin embajador”, “Lo que fue tomado a la fuerza solo puede ser devuelto a la fuerza”, y “Nosotros no podemos respirar desde 1948”.

Cuesta abajo

Israel se ve cada vez más aislado; la crisis interna se profundiza. Disminuido, sin siquiera conseguir formar un gobierno, enfrentando protestas y rupturas con el sionismo en todo el mundo, muestra sus garras de tal forma que hasta aquellos que siempre lo apoyaron –de Medio Oriente a Europa– se ven obligados a condenar una vez más sus crímenes contra la humanidad. La ruptura, no obstante, da señales de ser más profunda esta vez.

Organizaciones internacionales, como Human Rights Watch, finalmente comienzan a denunciar el régimen de apartheid institucionalizado, sucediendo a la israelí BT Selem y a Amnistía Internacional, que en enero de este año explicitaron el racismo sionista en la vacunación contra el Covid-19.

Frente a la gigantesca manifestación popular en solidaridad con Palestina en este momento en Londres, el diario The Guardian publicó un editorial emblemático el último 7 de mayo: un mea culpa por haber apoyado la Declaración Balfour, en la que Inglaterra se declaraba favorable a un hogar nacional judaico en 1917, afirmando haber sido su “peor error de juicio en 200 años”.

En el editorial, explica: “En 1917, el The Guardian apoyó, celebró y puede incluso decirse que ayudó a facilitar la aceptación de Balfour”. El diario británico informa que el editor jefe, C. P. Scott, era sionista y en la ocasión “escribió un texto en el cual expresó un racismo característico de autores y políticos occidentales de la época, en apoyo al proyecto sionista y en franco detrimento de los derechos del pueblo palestino”. Entre sus argumentos orientalistas, el de que los palestinos eran “poco civilizados”. Y en un pequeño número, una mentira, ya que los no judíos componían la abrumadora mayoría de la población local, cerca de 94%.

Los palestinos de Sheikh Jarrah cuentan con una victoria en caso de que la resistencia no afloje en este momento. El primer ministro sionista, Benjamin Netanyahu, niega que va a abrir mano de la colonización. Y no lo hará sin antes derramar más sangre palestina. No obstante, no se debe descartar que Israel, como ya ocurrió en otros momentos, sea forzado a retroceder ahora en la limpieza étnica, bajo denuncias que han llevado a la presión internacional –lo que debe, sí, ser celebrado–. Pero es importante que no pare ahí –y que eleve los ánimos rumbo a la derrota del proyecto colonial sionista–. “Lo que fue tomado a la fuerza solo puede ser devuelto a la fuerza”, dicen los palestinos.

Los enemigos de la causa palestina –imperialismo/sionismo, regímenes árabes y burguesía árabe/palestina– son poderosos y esperan forzar ese retroceso sionista para interrumpir la Intifada que viene gestándose hace tiempo. Saben que un cambio en el tablero también amenaza su statu quo.

Pero la heroica e histórica resistencia, con sus piedras contra tanques, da ejemplo de que no hay cómo vencer para siempre a quien no tiene nada que perder, a no ser sus cadenas.

Salve Sheikh Jarrah es la señal que ha unido a la totalidad del pueblo palestino y puede desembocar en la Intifada. Todavía, es preciso explicitar a los palestinos que ellos no están solos en este camino.

Es urgente que los oprimidos y explotados comprendan que esa lucha es también para que ellos sean libres, y las armas testadas en las cobayas palestinas están en las manos de las policías que los matan todos los días. Sea en Colombia o en el genocidio del pueblo pobre y negro del Brasil, como se vio ahora en Jacarezinho, Rio de Janeiro. Así, sumarse a los llamados de solidaridad internacional y cercar la resistencia palestina de apoyo es fundamental contra el enclave militar del imperialismo, es también levantar la voz contra el sistema capitalista, en el que el racismo es la regla. Pasos en dirección a la Palestina libre, del río al mar, con el retorno de los millones de refugiados a sus tierras. A un mundo sin opresión ni explotación.

Artículo publicado en www.pstu.org.br, 11/5/2021.-
Traducción: Natalia Estrada.