Este 17 de octubre se cumplen 75 años del momento en que la clase obrera derrotó a los yanquis y a la patronal, al abandonar los lugares de trabajo y copar la Plaza de Mayo para exigir la libertad de Perón. Pero en lugar de celebrar aquel momento en que los trabajadores lograron cambiar el curso de la historia, los dirigentes sindicales usan ese día para aplaudir al dirigente patronal de turno, hoy Alberto Fernández. Ante los resultados de esta política, es necesario repetir la historia, pero darle un final diferente.

Por Nepo

La movilización de ese 17 de octubre de 1945 fue ejemplar: centenares de miles de obreros coparon la Plaza de Mayo, llegando directamente desde las fábricas y lugares de todas las zonas industriales de Capital y el conurbano en columnas obreras que hasta cruzaron nadando el Riachuelo, para converger en lo que fue una de las manifestaciones más importantes de la historia argentina. Lo contrario a los paros domingueros que hasta hace unos años hacía la CGT: una huelga explosiva, la furia y el cansancio de los trabajadores lanzados a la calle.

Ante semejante marea humana, el ejército y la policía quedaron desarticulados: grandes sectores se negaron a reprimir, por simpatía con los obreros, con Perón, o por simple conciencia de que esa masa obrera era invencible. Y tal desarticulación paralizó al gobierno y a los sectores contrarios a Perón: lo que tuvo como resultado práctico que semejante demostración de fuerza fuera pacífica y “ordenada” (como les gusta decir a los guardianes del orden patronal).

Ese día quedó demostrado que el movimiento obrero era la fuerza más poderosa del país, a tal punto que a partir de ese momento no se pudo gobernar sin el aval (o al menos la pasividad) de los sindicatos, por primera vez en la historia argentina. La lucha de las masas lograba patear el tablero político.

El peronismo no se forjó “combatiendo al capital”

Pero con el transcurso de la jornada sucedió algo notorio: las instituciones que apoyaban a Perón lograron canalizar la bronca obrera para evitar que el desborde terminara arrasando con todo dominio patronal; y una vez logrado el triunfo, el liberado Perón mandó a los obreros a sus casas, disipando los temores de ricos y poderosos. Es que Juan Domingo Perón no deseaba en lo más mínimo hundir el orden capitalista: él simplemente había visto en el movimiento obrero la fuerza que podía compensar la debilidad cada vez más grande de los sectores a los que respondía el gobierno militar proeuropeo y proinglés del que participaba, frente al inmenso y creciente poderío norteamericano en Sudamérica; y aunque lo había puesto en marcha desde la Secretaría de Trabajo reconociendo derechos elementales, a partir de ese momento sabía que tenía que dedicarse a frenarlo por todos los medios posibles. Esa actitud se transformaría en la constante de la historia del peronismo: al tiempo que se obtenían derechos nunca igualados en la historia nacional, el Primer Gobierno de Perón destruyó toda organización obrera independiente, empezando por el Partido Laborista (fundado por los organizadores de la movilización del 17 de octubre) e incluso ordenó represiones brutales a luchas que escapaban de su control.

Y en el período entre su derrocamiento, en 1955 y el regreso al Gobierno en 1973, él y sus ayudantes sabotearon y condujeron a la derrota a una de las luchas más heroicas que llevó adelante el movimiento obrero argentino: la Resistencia. Y cuando volvió al Gobierno, ya adaptado al dominio yanqui y reconciliado con el resto de las patronales; lo hizo ya no para sabotear las luchas sino para enfrentarlas, apoyándose en los dirigentes de la CGT para cumplir con los deseos de los nuevos amos yanquis: había llegado la hora del “Pacto Social”.

Garantía de hambre, saqueo y explotación

Con la posibilidad de que surgiera una alternativa revolucionaria a su dominio político y sindical truncada por el genocidio del Proceso, desde los ‘80 el peronismo abandonó las “tres banderas” proclamadas en los años ’40 (justicia social, independencia económica y soberanía política). Y usó su control sobre las organizaciones obreras y populares para dejar pasar todas las políticas de hambre que pudiera, y para tratar de impedir estallidos que se llevaran puestos a los gobiernos ajustadores.

Así desvió las grandes luchas de 1982, 1989 y 2001, facilitó el vaciamiento menemista y los pagos de deuda externa del kirchnerismo, impidió la caída de Macri, y ahora nos entrega maniatados a un nuevo Gobierno ajustador y a unas patronales que no vacilan en exponernos a la pandemia y sus sufrimientos con tal de seguir ganando fortunas. Someterse sin chistar a un Gobierno que ni siquiera se esfuerza en fingir que es diferente al macrismo, a un Gobierno que se deja dar órdenes por el FMI; es la cabal demostración de que la historia debe volver al punto de partida.

Hace falta otro 17 de octubre…

La crisis que gestó Macri y explota con la pandemia, la crisis que los empresarios y el Gobierno quieren que nosotros paguemos; nos pone a la clase obrera y al pueblo en la necesidad de hacer nuevamente una movilización como la de 1945. Nuevamente, se trata de barrer de los gremios a los dirigentes sindicales amigos de la patronal, para parar el país, y salir a la calle a derrotar a todos los políticos alineados con el imperialismo y el FMI, que nos traen miseria y represión. Al igual que hace 75 años, se trata de unir todas las luchas en una sola gran movilización para ajustar cuentas con el ajuste y el saqueo; para recuperar los derechos que nos han sido robados y derrotar a la patronal y el imperialismo de una vez y para siempre, para lograr una Segunda y Definitiva Independencia.

 …que lleve a los trabajadores al poder

Una movilización así no puede estar encabezada un dirigente capitalista “nacional y popular” que después nos termina vendiendo. Para que no vuelva a pasar lo mismo, la movilización debe terminar imponiendo un gobierno de los trabajadores y el pueblo, un gobierno que cumpla con las tres banderas de justicia social, independencia económica y soberanía política que levantó el peronismo en su momento, de la única manera que tal cosa es posible: cortando el saqueo imperialista mediante el no pago de la deuda externa y las nacionalizaciones, expropiando las principales empresas, y organizando un plan económico obrero y popular.

Y para que toda una movilización, una lucha así sea posible, es necesario terminar de barrer a lo que queda del peronismo atornillado a las direcciones de las organizaciones obreras y populares; pero no para reemplazar a unos agentes de la patronal por otros, sino para darle al pueblo trabajador una nueva dirección política y sindical basada en los mejores luchadores, y con un programa político de superación del capitalismo: una dirección de lucha; obrera, socialista y revolucionaria. La construcción de una dirección revolucionaria así es el objetivo del PSTU. Invitamos a todos los luchadores y luchadoras a sumarse a esta tarea.