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México: La Revolución vive PDF Imprimir Correo electrónico
Revista CORREO INTERNACIONAL
Escrito por Gabriel Massa   
Viernes 08 de Abril de 2011 01:51
Este año se completan 100 años de la gran Revolución Mexicana encabezada por Pancho Villa y Emiliano Zapata. Presentamos la primera parte de un artículo dedicado a esa Revolución.
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Cada tantos años un nuevo estallido popular, como el que protagonizaron los campesinos de Chiapas en los noventa o, más recientemente, en 2006, el levantamiento de Oaxaca encabezado por los docentes, llenan de terror a las clases dominantes mexicanas y al propio imperialismo yanqui. Es que con cada estallido popular ven alzarse el espectro de esa grandiosa revolución iniciada en 1910 que amenazó con liquidar sus privilegios y su dominio. Y redescubren que las contradicciones fundamentales que llevaron a la revolución siguen presentes.
 
Y no por casualidad las masas mexicanas recurren en cada nueva rebelión a la imagen que más aterra a los explotadores, la de los grandes caudillos como Emiliano Zapata y Pancho Villa a los que el asesinato a manos de los agentes de la burguesía, lejos de hacerlos desaparecer de la memoria, los transformó en mártires y bandera de la rebeldía popular.

Como homenaje a la gran revolución que comenzó en 1910, presentamos aquí algunos antecedentes históricos e hitos fundamentales de la misma.
 
Comencemos por señalar que después de tres siglos de dominación española, y en medio de una gran decadencia de la economía colonial -basada en la brutal opresión y explotación de los indígenas en la minería del oro y la plata para la exportación y en las haciendas-  entre el año 1810 y 1821 se dio, al igual que en el resto de la América, la lucha por la Independencia de la corona.
 
El triunfo de esa lucha en México abriría un largo período de inestabilidad, en el que no terminaba de concretarse la unidad nacional ni, mucho menos, se solucionaban los problemas de las grandes masas campesinas indígenas y mestizas y del incipiente proletariado.
 
En el marco de esta situación de prolongada inestabilidad, Estados Unidos se adueñó del Territorio de Texas en 1841 y en 1846 reclamó la franja entre el río Bravo y el río de las Nueces. Para imponer su reclamo, Estados Unidos ocupó México entre 1846 y 1848. El 14 de septiembre de 1847 EE.UU. izó su bandera en el Castillo de Chapultepec. La guerra terminó con el Tratado de Guadalupe-Hidalgo (1848), en el que el gobierno mexicano reconocía como frontera el río Bravo. Estados Unidos se apropio de cerca de 2 millones de kilómetros cuadrados de territorio mexicano, que hoy conforman los estados de California, Nuevo México, Arizona, Nevada, Utah, la mayor parte de Colorado y la región suroeste de Wyoming y Kansas y el oeste de Oklahoma.
 
Luego de esto se sucederían otras tres décadas en las que los conservadores –apoyados por los grandes hacendados y las potencias europeas- y los liberales –apoyados en sectores de la burguesía media- se disputarían el poder, sin lograr pacificar ni unificar el país.
 
I - El Porfiriato
 
En la segunda mitad del siglo XIX comienzan a sentarse las bases a nivel mundial para el imperialismo moderno. Y Estados Unidos, una presencia siempre amenazante para México, emergía como potencia mundial.
 
América Latina de conjunto viviría una inmensa transformación, a partir de grandes obras de infraestructura realizadas por los débiles estados locales en conjunto con grandes corporaciones europeas y estadounidenses.
 
El general Porfirio Díaz, que hacía gala de su racismo contra los indígenas y mestizos que hasta el día de hoy son la inmensa mayoría de la población, con un golpe con el que derrocó al gobierno del liberal Sebastián Lerdo de Tejada, impuso en 1876 una dictadura que habría de durar más de tres décadas y que fue la encargada de someter a México al saqueo de los grandes monopolios de Estados Unidos y Europa.
 
El historiador y profesor estadounidense John H. Coatsworth, en su trabajo “El origen del autoritarismo en México” (1975, traducción de Alicia Torres), dice:
 
El éxito inicial más importante [de la dictadura] fue el flujo de capital extranjero a los ferrocarriles. […] La construcción de los ferrocarriles tuvo cuatro efectos principales. Primero, indujo un proceso de “comercialización en la agricultura” que tuvo continuas y profundas consecuencias en la vida política. Segundo, el transporte barato (y el éxito de estas empresas extranjeras iniciales en un país tradicionalmente riesgoso) favoreció la subsecuente inversión extranjera en gran escala, directamente en actividades productivas a lo largo del país (especialmente la minería en los estados norteños). Tercero, los ferrocarriles fortalecieron, a corto plazo, las capacidades militares del régimen central. Finalmente hicieron más seguras las comunicaciones entre varias partes del país, jugando así un importante papel en el desarrollo de una élite económica y política nacional más cohesiva.
 
El salto en el dominio imperialista sobre el país bajo Porfirio Díaz puede medirse con datos aportados por el historiador trotskista Adolfo Gilly (en su trabajo La Revolución Interrumpida: México, 1910-1920, Una Guerra Campesina Por La Tierra Y El Poder - 1986):
 
El capital internacional jugó un papel importante en el crecimiento económico del país [bajo Porfirio Díaz] pues su capital asciende al 77.76 del total. El capital extranjero se divide de la siguiente manera: En ferrocarriles el 61.8 % de la inversión (18.4 británico 9 % norteamericano y un 34.4 adicional norteamericano, 14.5, 2% francés). En bancos el 76,7% (45.7% francés, 11.4% británico, 18.3 % norteamericano, 1.3% alemán) En petróleo (60.8% británico, 39.2 % norteamericano). En la industria el 85% (53.2 % francés, 12.8% británico 15.3 norteamericano, 3.7 alemán). En electricidad el 87.2 % (78.3% británico, 8% norteamericano, 1 % francés).
 
Vuelve el conflicto agrario
 
Una de las consecuencias fundamentales de todo esto fue que, con la unificación del país bajo la dictadura, se recrearon las condiciones para la explotación rentable de las haciendas.
La gran burguesía terrateniente mexicana, que había estado en crisis y decadencia a lo largo de más de 70 años desde fines del virreinato, volvió a la ofensiva con la expropiación de tierras a las comunidades indígenas y de campesinos pobres.
 
Esta situación dio pie a un nuevo y extenso movimiento de rebelión agraria.
 
El estado de Morelos, en el sur de México, fue uno de los centros fundamentales de esa rebelión. En este estado las haciendas azucareras eran la fuerza económica principal desde los inicios de la colonización española. Los ingenios azucareros se combinaban con una cantidad importante de pueblos libres que no habían sido absorbidos por las haciendas y que defendían sus tierras o trataban de recuperarlas. La rebeldía de los campesinos independientes se unía a la del importante y muy explotado proletariado agrícola de los ingenios azucareros. Uno de los principales caudillos de la rebelión en Morelos en la primera década del siglo XX fue Emiliano Zapata.
 
En el norte, en estados como los de Durango y Chihuahua, donde surgiría otro de los grandes caudillos campesinos de la revolución, Pancho Villa, se deba un fenómeno diferente. Los campesinos eran descendientes de los colonos militares que habían recibido tierras y ayuda económica en tiempos de la colonia y luego de la independencia siguieron recibiendo apoyo del nuevo gobierno mexicano y de los hacendados más ricos, a cambio de la lucha contra las tribus indígenas nómades, en especial contra los apaches. Luego de la derrota apache (1885), los hacendados buscaron apropiarse de las tierras de los colonos, cosa que se concretó bajo el porfiriato.
 
A la rebelión de estos colonos despojados se sumarían otros dos sectores: los rancheros más pequeños que habían conservado sus tierras y los trabajadores semi-agrícolas y semi-industriales. Estos trabajaban una parte del año en las haciendas mexicanas y el resto del año en los Estados Unidos, como mineros, leñadores o también en labores agrícolas.
 
El movimiento obrero
 
La minería desarrollada por los colonizadores españoles es el origen del proletariado mexicano. Ya se habla de conflictos en 1766 en las minas de Pachuca y Real del Monte. En 1803, una mina como la Valenciana llegaba a emplear 5000 trabajadores, en la Quebradilla de Zacatecas había 2500 empleados y en Sombrerete 3000. Aquí se combinaban trabajadores “libres” con trabajo forzado. Según el extenso tratado del historiador Enrique Canudas, “Las venas de plata en la historia de México”: Todavía en 1850 la Compañía Minera de Real del Monte y Pachuca solicitó al gobierno construir un presidio para utilizar esa mano de obra forzada en sus minas”. (p 162)
 
Mientras tanto se desarrollaba una estructura social capitalista en el campo: “Hacendados, rancheros y peones acasillados o eventuales, llamados también jornaleros fueron los personajes centrales de la producción agropecuaria del México rural del siglo XIX […] En 1910, la mexicana era todavía una sociedad eminentemente rural. Dentro de ese 60% de la población económicamente activa que era rural, aproximadamente el 88% eran peones, el 1% hacendados y el 11% rancheros” (Canudas, op. Cit. P 1642)
 
Al mismo tiempo comenzaba a desarrollarse una industria fabril. Según Canudas “Hacia 1860 subsistían en muchas fábricas tradiciones del viejo régimen, como el funcionamiento de tiendas de raya, la explotación del trabajo femenino e infantil y el uso de deudas para fijar la mano de obra a la fábrica”.
 
En referencia a las Tiendas de Raya, Canudas explica que estas eran parte de las viejas costumbres mexicanas para esquilmar a la fuerza de trabajo, costumbre que las nuevas industrias acogieron y adoptaron gustosamente al ver que aumentaba sus ganancias. El pagar en vales (herencia de los viejos tlacos y pilones coloniales) semanales que sólo en la tienda de la negociación eran aceptados, obligaba a los obreros a cambiarlos con un 10 y hasta un 15% menos de su valor nominal, la fábrica también les descontaba, si era el caso, la renta de la vivienda y todas las descomposturas de la maquinaria. Tampoco les pagaba los días de descanso como el domingo y mucho menos las continuas faltas por las fiestas religiosas del Santo Patrono”.
 
En 1880 se calcula que había 11 mil trabajadores en la industria textil. En 1903 eran 26.709, en 1907 eran 36 mil y para 1910, debido a la crisis económica, descendió a unos 30 mil.
 
Al promulgarse la Constitución liberal de 1857, estaban prohibidas las huelgas, las jornadas de trabajo llegaban a durar 16 horas, los horarios se imponía al arbitrio de los patrones, los trabajadores no tenían viviendas propias, habitaban en sitios que les alquilaban los propios dueños de las fábricas donde laboraban, comían lo que compraban en tiendas de rayas y estaban sujetos a malos tratos. La creación en 1872 del gran círculo de obreros de México que aglutinaba a más de ocho mil trabajadores fue producto, de entre otros factores de, "los bajos salarios, las agotantes jornadas de doce y aun catorce horas, las ausencias de los más indispensables servicios, el empleo de medios represivos y la creciente explotación a medida que la productividad aumentaba". (Los obreros en México 1875-1925, monografía de Tirso Ramón Falcón) En esta organización había tendencias anarquistas y socialistas. La misma continuaría con su actividad bajo el porfiriato, aunque a partir de 1884, según la monografía citada, “el movimiento obrero y artesanado cae en una larga etapa de receso”.
 
Cananea y Río Blanco
 
La lucha se reanimaría en la primera década del siglo XX, teniendo importante influencia la fundación en 1906 del Partido Liberal Mexicano (PLM), cuyos principales dirigentes, como los hermanos Enrique y Ricardo Flores Magón, se radicalizarían hasta hacerse anarquistas. Militantes del PLM se contaron entre los principales impulsores del Gran Círculo de Obreros Libres, fundado el mismo año que el partido, junto con su vocero, el periódico Regeneración. Las luchas de Río Blanco y Cananea se consideran dos antecedentes fundamentales de la revolución de 1910.
 
La huelga de Cananea se inició el 1 de junio de 1906 contra la empresa minera del cobre “Cananea Consolidated Copper Company” (CCCC), propiedad de un coronel estadounidense llamado William C. Greene. Allí actuaron miembros del PML. Dos mil trabajadores de origen mexicano demandaron un salario igual de los mineros norteamericanos empleados por la empresa.
 
Los obreros mexicanos presentaron un pliego petitorio que incluía como reivindicaciones fundamentales: “El mínimo sueldo del obrero será de cinco pesos, con ocho horas de trabajo” y “ En todos los trabajos de ‘Cananea Consolidated Cooper Company’ se emplearán el 75% de mexicanos y el 25% de extranjeros, teniendo los primeros las mismas aptitudes que los segundos.
 
Los trabajados norteamericanos de la mina, armados por la empresa, empezaron a disparar contra los huelguistas. Los mineros mexicanos respondieron con palos y piedras y aún así mataron a varios mineros estadounidenses. Luego los mexicanos quemaron depósitos de madera, un depósito de semillas, otro de forraje y el edificio de la maderería donde trabajaban. El coronel Green acudió al cónsul estadounidense y esté envió un grupo de rangers desde el vecino estado de Arizona. El 2 de junio estos entraron armados a territorio mexicano para custodiar la tienda de raya y las instalaciones de la minera y junto con la policía rural porfirista se encargaron de atacar a los huelguistas. Pero los obreros lograron repeler la represión y los rangers tuvieron que retirarse. El 3 de junio el gobierno de Porfirio Díaz declaró la ley marcial en Cananea y encarceló a los principales dirigentes de la lucha. El saldo fueron 23 muertos y 22 heridos, más de 50 personas detenidas y cientos que huyeron.
 
En diciembre del mismo año, obreros textiles de Tlaxcala y Puebla, en particular de la fábrica Río Blanco, se declararon en Huelga para exigir mejores condiciones laborales. Para responder a la creciente acción y organización obrera en la región, los industriales realizaron un lockout el 24 de diciembre en toda la zona. Los obreros solicitan la intervención de Porfirio Díaz, quien apoya a los empresarios y ordena la reanudación de labores en las fábricas el 7 de enero de 1907.
 
Los obreros de la fábrica Rio Blanco rechazaron esta decisión y cerca de 2000 trabajadores agrupados en el Círculos de Obreros Libres se amotinaron frente a la fábrica, lanzaron piedras e intentaron quemar el establecimiento, luego saquearon y quemaron la tienda de raya. Después los obreros se dirigieron a la cárcel y liberaron a los presos.
 
Reprimidos por el 13° Batallón, la multitud huyó a localidades vecinas, como Nogales y Santa Rosa donde también saquearon la tienda de raya, cortaron los cables de energía eléctrica y saquearon las casas de los ricos. Al intentar regresar a Río Blanco, los rebeldes fueron interceptados por fuerzas federales. Se estima que en la represión fueron asesinados entre 400 y 800 obreros. Otras cifras hablan de que de 7083 operarios de la zona, faltaron 1571 (entre muertos, heridos o desplazados). Fueron encarcelados 223 operarios varones y 12 mujeres.
 
Una vez “restablecido el orden” el gobierno porfirista ofreció un gran banquete a los empresarios extranjeros dueños de las fábricas.
 
A pesar de la derrota de estas huelgas, la lucha obrera ya se unía a la rebelión agraria y esto marcaba el comienzo del fin para la dictadura de Porfirio Díaz. 
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