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En la primera fila del combate contra el imperialismo inglés

Escrito por LIT-CI. Posted in MALVINAS

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“En Brasil reina ahora un régimen semi-fascista que todo revolucionario no puede ver más que con odio. Supongamos, sin embargo, que mañana Inglaterra entra en un conflicto militar con Brasil. En este caso estaré del lado del Brasil 'fascista' contra la 'democrática' Gran Bretaña. 
¿Por qué? Porque el conflicto entre ellos no será una cuestión de democracia o fascismo. Si Inglaterra saliera victoriosa, pondría otro fascista en Rio de Janeiro y colocaría dobles cadenas al Brasil. Si por el contrario Brasil fuera victorioso, daría un poderoso impulso a la conciencia nacional y democrática del país y conduciría al derrocamiento de la dictadura de Vargas. La derrota de Inglaterra daría al mismo tiempo un golpe al imperialismo británico y un impulso al movimiento revolucionario del proletariado británico. Verdaderamente uno tiene que tener la cabeza vacía para reducir los antagonismos mundiales y los conflictos militares a la lucha entre fascismo y democracia. ¡Bajo todas las máscaras, uno debe saber cómo distinguir a los explotadores, los esclavistas y saqueadores!".
 
León Trotsky, Entrevista con Mateo Fossa, en Escritos, septiembre de 1938.
 
"Si Ana María Martínez hubiera vivido en las islas Falklands no habría desaparecido tan joven..."

El Espectador de Bogotá, abril 14 de 1982.

La cita de El Espectador con la que iniciamos esta nota, aunque quizá la más periodística, está lejos de ser excepcional por lo menos en la gran prensa colombiana. Posiciones semejantes, más o menos abiertas, adoptan conocidas figuras que se reivindican "de los derechos humanos" o incluso de la izquierda. Así, A. Vázquez Carrizosa, dirigente conservador y presidente de la Comisión de Derechos Humanos, abogó directamente por Inglaterra con el argumento del atropello a las libertades democráticas por parte de la dictadura argentina y de la democracia inglesa que, heredada desde los tiempos de Juan sin Tierra, gobierna en las Malvinas. Por su parte, el conocido novelista y simpatizante de la revolución cubana, Gabriel García Márquez, en un largo artículo dedicado en sus nueve décimas partes a denunciar la falta de solución al bárbaro crimen de los desaparecidos, insiste en que ese es el problema permanente, y que si bien Argentina tiene derecho a las Malvinas se trata de un conflicto ridículo, de una guerra de naftalina. 

 

Al mismo tiempo, las atrocidades de la dictadura argentina han tratado de ser utilizadas por la dirección de partidos que se reclaman de la clase obrera, como la del Partido Socialista francés, para intentar enmascarar su política de agentes incondicionales del imperialismo europeo. Otro tanto sucedió con la socialdemocracia alemana, que junto con Mitterrand aprobó fortísimas sanciones económicas contra Argentina a través de la Comunidad Económica Europea, y con el laborismo británico.

En nombre de nuestra corriente mundial y del PST, de su lucha de seis años contra una dictadura sangrienta que lo ilegalizó y cercenó la vida a más de cien de sus militantes, en nombre de la límpida trayectoria antiimperialista y anticapitalista de Ana María Martínez, como órgano público de la LIT (CI) llamamos no solamente a enfrentar a la flota inglesa, a la campaña y amenaza imperialista abierta, sino también a todas las posiciones que, con el argumento supuestamente izquierdista de denuncia a la dictadura, sirven solapadamente al baluarte de la contrarrevolución sangrienta en el mundo, el imperialismo mundial, en este caso en primer lugar el inglés. Parafraseando al periodista de El Espectador podemos decir que si Ana María Martínez viviera, ella, como sus cien camaradas desaparecidos, estaría en la primera fila de la lucha contra el imperialismo inglés, en el campo militar de la dictadura que combatió hasta su muerte.

El gobierno de Thatcher quiere impedir que se siente un precedente

Muchos son los comentaristas que, como García Márquez, encuentran ridículo y anacrónico el conflicto entre Argentina e Inglaterra. Evidentemente, no piensa lo mismo el gobierno británico, resuelto a conseguir un escarmiento. Ni tampoco el yanqui. Las diferencias tácticas, como la división de tareas dentro de la común defensa del orden imperialista mundial, no pueden ocultar la enorme importancia que ambos otorgan a un conflicto que concentra hoy la mayor parte de las preocupaciones y esfuerzos de la política exterior de los Estados Unidos. Tampoco son de “naftalina” las represalias económicas impuestas a Argentina por el imperialismo europeo, las más fuertes contra país alguno en más de treinta años.

Al fundamentar ante el Parlamento inglés su línea inflexible, Margaret Thatcher ha dicho que lo que cuentan no son en sí las Malvinas sino el futuro del estado de derecho internacional... del orden imperialista mundial, agregamos nosotros. Y ella tiene razón. Mucha más razón que tantos comentarios periodísticos superficiales.

Es que, como bien decía Trotsky, no estamos ante una cuestión de democracia o dictadura militar. Aceptar que Argentina recupere la soberanía sobre las Malvinas como resultado de la ocupación militar sentaría un peligrosísimo precedente. Imperio en decadencia, Inglaterra conserva todavía unos pocos enclaves en el mundo, notablemente, además de las Malvinas, Gibraltar y Hong Kong. Un caso especial es el de su colonia más cercana e importante, Irlanda. También aquí estamos ante el caso de un enclave, es decir, de la penetración y recolonización de un territorio por la fuerza, lo que le permite imponer una mayoría en la población que responde a los intereses del Imperio. Si en las Malvinas pobladores argentinos fueron perseguidos y expulsados en 1833 para ser reemplazados por un contingente contratado por el monopolio que domina el archipiélago (hoy apátridas a quienes la propia corona británica no reconoce la nacionalidad), en Irlanda se trató de su división y del trasplante a su parte norte de una poderosa colonia protestante, que es mayoría en esa zona y, apoyada económica y militarmente por el estado británico, mantiene la división y colonización del pueblo irlandés.

Estos enclaves tienen, por un lado, un valor económico para Inglaterra, por ejemplo, mucho se discute sobre el valor de los pozos petrolíferos de la plataforma continental argentina sobre la que se asientan las Malvinas, y también un importante valor militar.

Aceptar el triunfo de Argentina impulsaría inmediatamente otros reclamos semejantes, como ya ha comenzado a comentarse en España respecto a Gibraltar. Especialmente peligrosa sería la situación en Irlanda. Si la "Dama de Hierro" prefirió enfrentar el repudio de todo el pueblo irlandés y de la opinión pública mundial, condenando a muerte a Hobby Sands y sus compañeros en la huelga de hambre antes que reconocer su carácter de luchadores por la independencia de Irlanda, es lógico esperar que su recalcitrante vocación imperialista no esté dispuesta a ceder un tranco en este caso. Reconocer la soberanía de Argentina sobre las Malvinas daría enormes fuerzas a los reclamos del pueblo irlandés por su independencia.

Por otra parte, el desalojar por la fuerza al gobernador inglés de las Malvinas y negarse a aceptar la resolución de la ONU, a pesar de su reconocidísima voluntad pro-imperialista, la acción del gobierno argentino objetivamente cuestiona la inapelabilidad de las instituciones y el orden jurídico que garantiza la conservación de la explotación y del dominio imperialista del mundo y reivindica la acción directa contra ese orden.

Así, si directamente está en juego el destino de los otros enclaves coloniales aún conservados por el imperialismo inglés, indirectamente la acción argentina cuestiona todo el orden de explotación imperialista, el del régimen semi-colonial al que está sometida la casi totalidad de los pueblos latinoamericanos, asiáticos y africanos, el que a través del mercado mundial y de los préstamos domina incluso a los estados obreros, el que conserva decenas de miles de Malvinas incrustadas en todo el mundo semi-colonial y dependiente: las fábricas, haciendas, comercios y servicios explotados por los monopolios.

En momentos en que las instituciones de la propia banca imperialista informan sobre la agudización del empobrecimiento, del hambre y del desempleo, del brutal endeudamiento de los países latinoamericanos y semi-coloniales en general, el desacatamiento argentino a la resolución de la ONU sienta un precedente peligrosísimo para el imperialismo: hoy se desacatan las resoluciones políticas y las normas jurídicas; ¿qué les garantiza que en un futuro próximo no se cuestionen las resoluciones y normas de la banca internacional, desconociendo o declarándose incapacitados para pagar los monstruosos compromisos de la deuda externa? En este sentido, el alineamiento de la mayoría de las burguesías y gobiernos latinoamericanos y del propio Pacto Andino en apoyo a Argentina, y condenando las descaradas medidas de sostén al colonialismo inglés, por parte de la Comunidad Económica Europea, constituyen un hecho también peligroso para la estabilidad del dominio imperialista en el continente.

En momentos en que, aun después del golpe de Jaruzelsky, los trabajadores polacos continúan resistiendo el plan de miseria impuesto por la burocracia al servicio de la banca occidental, mientras las masas centroamericanas enfrentan a las burguesías y gobiernos agentes del imperialismo amenazando con incendiar toda la zona a las puertas de los propios Estados Unidos, una derrota inglesa no sólo estimularía, en primer lugar, la rebelión del proletariado argentino, irlandés y británico en general, sino que elevaría la moral y conciencia antiimperialista de todos los pueblos semi-coloniales y especialmente latinoamericanos. Eso es lo que la Thatcher quiere impedir.

La dictadura argentina empujada por la crisis y el terror al movimiento obrero

Desde el año 1976, tanto el PST como la corriente mundial que hoy integra la LIT (CI), mientras combatíamos a la dictadura bajo las peores condiciones de represión, hemos denunciado sus atrocidades sistemáticamente ante la clase obrera y la opinión pública de todo el mundo: la imposición de un brutal plan de súper-explotación que, después de rebajar a la mitad el nivel de vida de las masas, las castigó con el flagelo de la desocupación, la tortura, el encarcelamiento y asesinato por miles.

Más aún, durante todos estos años en que los partidos comunistas de todo el mundo apoyaron subrepticiamente a la dictadura de Videla, proveedora de trigo para la URSS, y mientras los gobiernos de la Europa ‘democrática’ combinaban alguna que otra declaración de crítica a la violación de los ‘derechos humanos’ con el sistemático apoyo económico y militar a la dictadura, nosotros hemos denunciado y combatido también la entrega del país al saqueo por parte del capital financiero internacional, que tiene su expresión más nítida en la multiplicación por casi diez veces de la deuda del país con la banca imperialista, alcanzando la monstruosa cifra de 32 .000 millones de dólares.

Hoy afirmamos que si, por un lado, el justo enfrentamiento a la descarada política colonialista de Gran Bretaña en las Malvinas no permite olvidar ni por un minuto los crímenes de la dictadura, tampoco modifica su carácter de agente del imperialismo mundial, fundamentalmente del yanqui. En este sentido, la aceptación como mediador del general Haig, representante de Reagan, es todo un símbolo.

Bastante se ha escrito durante los últimos días sobre el hecho de que, si por un lado ha habido una evidente negativa británica a avanzar algún paso hacia la descolonización de las Malvinas, lo que motivó la interrupción

de las conversaciones a comienzos de año, por el otro la ocupación de las islas es también un claro intento del gobierno militar de reacomodarse ante una gravísima crisis económica y el comienzo de abiertas movilizaciones contra el gobierno en Buenos Aires y otras ciudades. Pero justamente este hecho, que prueba una vez más el incuestionable terror que el gobierno y la burguesía argentina experimentan ante la posibilidad de que surjan nuevos ‘cordobazos’, indica también claramente dónde está la base más importante sobre la que se asienta el carácter progresivo de la medida.

Es en la crisis tremenda de la economía imperialista mundial, por un lado, reflejada brutalmente en el país, y, al mismo tiempo, en la heroica tradición de lucha del proletariado y el pueblo argentino que aterroriza a la dictadura, donde hay que buscar la explicación para esta progresiva acción antibritánica protagonizada por un gobierno pro-imperialista hasta los tuétanos.

Al mismo tiempo, justamente por tratarse de una acción emprendida como una maniobra por un gobierno agente del imperialismo, unido a él por mil lazos, que confía en él y ha creído muy probablemente que el asunto se arreglaría antes que la sangre llegara al río, en familia, toda la operación tiene importantes elementos de aventurerismo. Casi seguramente la dictadura ha hecho un mal cálculo, y al encontrarse con la intransigencia británica puede verse arrastrada mucho más allá de donde quiere ir.

Este carácter aventurero de la ocupación agrava el odio y la desconfianza que la clase obrera y el pueblo argentino sienten por la dictadura. Es en la política de hambre y represión, que la ha caracterizado desde el golpe del ’76, que hay que buscar el principal obstáculo para enfrentar la prepotencia colonialista de Inglaterra.

Internacionalmente, sirve para darle argumentos de izquierda a los agentes del imperialismo en el movimiento obrero, especialmente europeo. En cuanto a la situación en Argentina, un importante sector de la vanguardia demostró con su actuación en Plaza de Mayo que sigue impugnando a la dictadura pero sin perder de vista la necesidad de responder en primer lugar a la amenaza del imperialismo británico. Es esta actitud la que explica, por un lado, la imponente manifestación de cerca de cien mil personas, los vítores y aplausos a toda consigna antibritánica y, al mismo tiempo, la tremenda chiflatina que interrumpió el discurso de Galtieri cuando éste intentó, al pasar, legitimar su representatividad como gobernante.

Sin embargo, no es igual la situación en vastas capas del proletariado y del pueblo que, a pesar de una larga tradición antiimperialista, desconfía de toda posibilidad de que la dictadura pueda conducir a una salida favorable al país y al movimiento de masas y teme a la aventura, que muy probablemente tendrá que pagar con más hambre e incluso con la vida.
Estamos en el campo militar de la dictadura argentina

Como León Trotsky, creemos que bajo todas las máscaras es necesario descubrir a los explotadores, a los responsables principales de la sistemática violación del más importante de los derechos democráticos, el derecho al pan, a una vida digna, a los principales sostenedores de la violencia contrarrevolucionaria en el mundo.

Aunque parezca innecesario, es preciso recordar, entonces, que las tradiciones democráticas desde los tiempos de Juan sin Tierra no le impidieron al ‘democrático’ imperialismo británico construirse en base a la brutal súper-explotación de sus obreros, de los hijos y esposas de sus obreros, primero, y sobre la explotación y masacre sistemática de decenas de millones de asiáticos, africanos y latinoamericanos, después.

En cuanto a la socialdemocracia, a nadie pueden extrañar sus posiciones abiertamente imperialistas. Desde la Primera Guerra Mundial, cuando se pasaron definitivamente al campo de la contrarrevolución imperialista, han utilizado muchas veces el argumento de la defensa de la democracia para enviar a la muerte a decenas de millones de trabajadores, al servicio de la rapacidad de sus respectivas burguesías en la lucha por el reparto del mercado mundial, o directamente al servicio de la contrarrevolución imperialista. Tampoco nos asombra la posición ambigua de la URSS y de la mayoría de los PCs, entre los que constituye una honrosa excepción la del cubano. Si, por un lado, la URSS está fuertemente atada a la Argentina por el comercio de granos, si no puede dejar de mirar con buenos ojos que el conflicto debilite un poco a Inglaterra y Estados Unidos para ganar algunos puntos en la puja interna al acuerdo contrarrevolucionario que la une a ellos desde Yalta, quiere sobre todo el statu quo, y actúa en primer lugar para defender la estabilización en la zona.

Aunque el desarrollo del conflicto ha tenido ya una consecuencia muy positiva, reforzando la conciencia latinoamericanista de los pueblos del continente, la influencia que a pesar de su crisis mantienen los aparatos socialdemócratas y stalinistas sobre la clase obrera, especialmente en Europa, nos obliga a redoblar la campaña de denuncia al imperialismo y sus agentes en las filas del movimiento obrero, llamando a la clase obrera y los pueblos oprimidos de todo el mundo a cerrar filas en torno de la Argentina ante el peligro de guerra que lejos estamos de poder descartar.

Sin dejar de denunciar ni por un minuto la política represiva y anti-obrera, como la inconsecuencia ante el propio imperialismo británico por parte de la dictadura argentina, centraremos nuestra actividad en la denuncia de la rapacidad colonialista de Inglaterra, que se niega a devolver los últimos enclaves de su imperio, ocupados y arrancados a sangre y fuego a los pueblos del mundo y que, con tal de mantener esos privilegios, amenaza con una guerra en gran escala al pueblo argentino e indirectamente a toda Latinoamérica. Denunciaremos también en este decadente imperio uno de los pilares fundamentales del orden de rapiña mundial encabezado por el imperialismo yanqui; de su orden jurídico y sus súper-ganancias alimentadas con la miseria y el sufrimiento de centenares de millones en todo el mundo.

Sistemáticamente desnudaremos la hipocresía de un estado que, tras la bandera de unas recortadas libertades democráticas a su clase obrera, intenta esconder la sistemática represión al pueblo irlandés y el sostenimiento a las más sangrientas dictaduras a escala internacional, como lo hizo con la del Sha en Irán, la de Somoza en Nicaragua, la de Turquía, la sangrienta opresión palestina por el estado sionista, y las dictaduras del Cono Sur, en Brasil, Chile, Uruguay, Bolivia y la misma Argentina.

Es por eso que no nos dejamos embaucar, y bajo las formas de gobiernos y regímenes sabemos buscar el contenido de clase de esos fenómenos. Sin brindar el más mínimo apoyo político ni a la dictadura, ni siquiera a esta medida antibritánica, que inevitablemente va a traicionar, en el conflicto militar entre el ‘democrático’ imperialismo inglés y el ultra-reaccionario gobierno de una nación oprimida, sin vacilar ni por un minuto, combatiremos, y llamaremos a la clase obrera y los pueblos oprimidos de todo el mundo a combatir en el campo militar de la dictadura argentina. La derrota de Inglaterra no sólo debilitaría al imperialismo británico ante su propia clase obrera, provocando casi seguramente la caída del gobierno conservador, sino que fortalecería también al conjunto de los pueblos oprimidos por el imperialismo. Especialmente fortalecería al pueblo irlandés, a los pueblos centroamericanos que hoy enfrentan la amenaza de una intervención del ‘democrático’ imperialismo yanqui, y al proletariado argentino. Si el peligro de guerra ya se está sumando a la crisis económica y política en Argentina para acelerar la desestabilización y apertura política, un triunfo sobre Inglaterra a través de la movilización y el combate elevaría la moral del proletariado, ensancharía los márgenes para su actuación política y sindical, acercaría la posibilidad de liquidar los enclaves monopólicos en el país y podría abrir una nueva etapa de ascenso, e incluso una etapa pre-revolucionaria o revolucionaria.

El movimiento obrero no debe abandonar la bandera antiimperialista

La salida al conflicto no está clara. El gobierno y la burguesía buscan ansiosamente un arreglo a través de la negociación. El estallido de la guerra, tanto como si provocara una rápida victoria británica, como en la eventualidad de un enfrentamiento militar prolongado, con su inevitable secuela de un agravamiento de la situación económica, ya muy crítica, provocaría como consecuencia una agudización de la crisis social y política de la burguesía y una radicalización de las clases obrera y media, que podría acabar con la dictadura y abrir una crisis revolucionaria. También el imperialismo yanqui trabaja por un arreglo ‘pacífico’. Aunque está claro que su mediación no es neutral sino que sostiene firmemente a Inglaterra, al mismo tiempo trata de agotar todas las posibilidades de convencer al gobierno argentino de que se entregue a través de pequeñísimas concesiones, formales, tratando de evitar el estallido de un conflicto que puede polarizar al conjunto de los pueblos latinoamericanos, incluida gran parte de la burguesía, lo que sin duda repercutiría reforzando a las masas centroamericanas en su propio patio trasero.

La dictadura argentina se encuentra entre la espada y la pared, ya que una capitulación total también la debilitaría enormemente, sumando una nueva frustración a un pueblo que ya tiene muchas deudas que cobrarle. En todo caso, la intransigencia del gobierno Thatcher, que necesita frenar en las Malvinas toda reclamación posterior, amenaza con provocar un estallido que podría complicar la situación mucho más allá de lo que desea el propio imperialismo británico.

En cualquier caso, aunque comprendemos y compartimos la desconfianza e indignación del proletariado argentino, afirmamos otra vez que esto no debe impedirle levantar una vez más la bandera anticolonialista y antiimperialista. Una derrota sin guerra, aunque debilitaría a la dictadura frente a las masas, debilitaría también al país en su conjunto y especialmente al proletariado frente a la rapacidad inglesa y del imperialismo en su conjunto. El saqueo a través de los préstamos y de las concesiones a las inversiones imperialistas y de los términos del intercambio aumentarían aun más los sufrimientos de las masas. La lucha, en cambio, a través de sus inevitables sacrificios, apelando a la solidaridad de los trabajadores de todo el mundo, abrirá la posibilidad de frenar y revertir la ofensiva imperialista sobre el país, y a la vez abrirá las mejores condiciones para acabar con la dictadura.

Fuente: Correo Internacional N°5, de abril de 1982; publicación editada en Colombia, órgano oficial de la Liga Internacional de los Trabajadores