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Bolchevismo y stalinismo: un viejo debate PDF Imprimir Correo electrónico
Escrito por Bernardo Cerdeira   
Miércoles 04 de Agosto de 2010 12:45
El artículo que sigue fue originalmente publicado en la Revista Octubre nº 3 como parte de un debate sobre si el bolchevismo de los primeros años de la Revolución Rusa ya traía en sí los elementos que condujeron a la degeneración stalinista. 
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El artículo de Michael Löwy, de este número de la revista Octubre, es un digno homenaje a la figura de León Trotsky, el gran dirigente de la Revolución de Octubre, presidente del Soviet de Petrogrado y fundador del Ejército Rojo. Löwy hace un brillante análisis del papel de Trotsky como pensador y teórico marxista, el que mejor supo prever el desarrollo de las contradicciones sociales y de la lucha de clases que culminaron en la Revolución de Octubre y en la formación del Estado obrero soviético.

Sin embargo, analizando la actuación de Trotsky como dirigente del Estado soviético, Löwy la caracteriza como parte de un período autoritario que habría marcado todo el régimen implantado por los bolcheviques. Yendo un poco más allá, Löwy afirma que “de manera general, Trotsky irá a desarrollar, dentro de ese período, ideas y argumentos fuertemente marcados por un autoritarismo de inspiración jacobina”.

Pero es al final del artículo que el autor plantea la cuestión decisiva. Löwy señala los argumentos con que Trotsky rebatía la acusación de que el stalinismo era, en cierta medida, heredero del bolchevismo. El organizador y comandante del Ejército Rojo demuestra que el stalinismo, para consolidarse, necesitó aniquilar físicamente a la vanguardia obrera y, principalmente, a los viejos bolcheviques. Löwy reconoce la corrección de la defensa pero lanza la duda: “El argumento es justo, pero no se puede dejar de cuestionar el papel de ciertas tradiciones autoritarias del bolchevismo de antes de 1917 y de prácticas antidemocráticas de los años 1918-23, en la escalada del stalinismo: ¿los revolucionarios de Octubre no contribuyeron, hasta un cierto punto – involuntariamente – para la génesis del gulag burocrático que los destruiría?”

La pregunta es, al mismo tiempo, del pasado y de la actualidad. Del pasado porque fue planteada desde, como mínimo, la década de 30 por los que acusaban al bolchevismo de ser la matriz del stalinismo o de haber facilitado, con sus errores, el camino para el surgimiento y consolidación de la burocracia.

Por otro lado, la pregunta es extremadamente actual porque, después de la caída de los regímenes stalinistas en 1989/1990 y de la restauración del capitalismo en los ex Estados obreros burocráticos, el debate sobre la naturaleza y origen de la burocracia stalinista volvió a ganar enorme importancia.

Nuestra intención no es polemizar con el artículo de Löwy en sí, porque el autor, al contrario de un sector de la izquierda, evidentemente no ve el stalinismo como continuidad del bolchevismo. Su pregunta es si los errores de los bolcheviques “no contribuyeron – involuntariamente –, y solo hasta un cierto punto” para el surgimiento del stalinismo.

Pero sin duda, es muy importante entrar en el debate propuesto, porque discutir los errores de los bolcheviques y sus consecuencias significa discutir cómo, en el curso de una revolución socialista, debe actuar un futuro gobierno obrero que enfrente una situación de guerra civil y de aislamiento internacional. O sea, ante un cuadro semejante al presentado durante el período 1917-23, ¿cuál debería ser la política de un partido revolucionario en el poder?

Los primeros años

Nuestra opinión es que el planteo de Löwy abarca por lo menos tres grandes aspectos:

El primero es si de hecho podemos caracterizar el primer período de gobierno de los bolcheviques (1917-1923) como un período predominantemente autoritario.
El segundo es si la defensa de la revolución y del Estado obrero, principalmente en medio de una guerra civil, autorizan o exigen el empleo de medidas autoritarias – que de hecho fueron tomadas por los bolcheviques – contra las clases dominantes y sus agentes.
Y, por último, cabe discutir si las medidas tomadas por los bolcheviques provocaron o facilitaron el camino para el stalinismo, o sea, si, aun involuntariamente, el bolchevismo no contribuyó para el surgimiento del stalinismo.

Abordando el primer aspecto, en nuestra opinión los hechos desmienten totalmente a Löwy. Al contrario de caracterizarse por la “restricción creciente a las libertades democráticas”, los primeros años del poder soviético significaron un grado de libertad para la clase trabajadora desconocido no sólo en el anterior régimen kerenskysta, sino también en las propias “democracias” burguesas.

Incluso en los momentos de guerra civil, con todas las obvias limitaciones que esa lucha implacable imponía, el régimen bolchevique de 1917 a 1923 fue extremadamente democrático para la clase obrera y los sectores populares a ella aliados. A pesar de atacado por todos lados, por el ejército blanco y por las tropas de 14 naciones comandadas por los mayores países imperialistas; a pesar de saboteado internamente por los partidos oportunistas, como los socialistas-revolucionarios y mencheviques; a pesar de todo eso, fue el régimen más democrático para la clase obrera y para el pueblo que la historia ya conoció.

En primer lugar, porque estaba basado en un organismo que era al mismo tiempo órgano de movilización y base del Estado obrero: los consejos de representantes de los obreros y campesinos  (sovietes). Segundo, porque el régimen soviético garantizó amplias libertades para la clase obrera y el pueblo, asegurando el derecho de las organizaciones de los trabajadores, sindicatos, comités de fábrica, etc. Existía plena libertad partidaria para los partidos soviéticos, no sólo para los que estaban en el gobierno (bolcheviques y socialistas-revolucionarios de izquierda en un primer momento), sino incluso para los mencheviques y socialistas-revolucionarios de derecha, hasta su adhesión a la contrarrevolución. Y, principalmente, porque el régimen instituyó las mayores libertades políticas, culturales, artísticas, científicas, de reunión y de prensa que existieron.

Dentro del propio partido bolchevique la libertad era enorme. Polémicas fundamentales como la paz de Brest-Litovsk, la organización del Ejército Rojo y la utilización de oficiales zaristas, la discusión sobre los sindicatos y la militarización del trabajo, se hacían públicamente en los periódicos del partido, llegando muchas veces a exageraciones “democratistas”, criticados por Lenin.

La supervivencia de la URSS

Sin embargo, ese régimen enfrentó una enorme contradicción: durante el período de 1918 a 1921, los líderes bolcheviques estuvieron obligados a poner por encima de todo la defensa de la joven república soviética. Lo que estaba en juego era la supervivencia del Estado obrero ante la guerra civil, que combinaba el ataque de los Guardias Blancos con la invasión de Rusia por 14 ejércitos extranjeros. La situación exigía una dura represión, o sea, medidas autoritarias, contra la burguesía, la aristocracia y sus agentes. Trotsky definió bien cuál era la gran tarea de la clase obrera y del partido revolucionario en aquel momento, cuando afirmó: “La misión y el deber de la clase obrera que se hizo del poder después de una larga lucha, era fortalecerlo inquebrantablemente, asegurar definitivamente su dominación, cortar toda tentativa de golpe de Estado por parte de los enemigos y buscar, de esa forma, la posibilidad de realizar las grandes reformas socialistas. No valía la pena conquistar el poder para hacer otra cosa”.

Trotsky explicaba el uso de la violencia por el proletariado revolucionario por la necesidad de defender el poder recién conquistado con todas sus fuerzas y a través de todos los medios: “La revolución no implica ‘lógicamente’ el terrorismo, como tampoco implica la insurrección armada. Solemne vulgaridad. Sino, al contrario, la revolución exige que la clase revolucionaria haga uso de todos los medios posibles para alcanzar sus fines: la insurrección armada, si es preciso; el terrorismo, si es necesario. La clase obrera, que conquistó el poder con las armas en la mano, debe deshacer por la violencia todas las tentativas destinadas a arrebatárselo.

En este sentido, el terror Rojo no se diferencia en principio de la insurrección armada, de la cual no es más que la continuación. No se puede condenar ‘moralmente’ el terror guberrnamental de la clase revolucionaria a no ser aquel que, en principio, repruebe (de palabra) toda violencia en general”.

Casi medio siglo antes, Engels, hablando sobre autoridad, violencia y Estado obrero, respondía a los anarquistas en palabras que parecían prever las circunstancias que cercarían el nacimiento del primer Estado obrero de la historia:

“Los antiautoritarios exigen que el Estado político autoritario sea abolido de un golpe, incluso antes de haber sido destruidas las condiciones sociales que lo hicieron nacer. Exigen que el primer acto de la revolución social sea la abolición de la autoridad. ¿Estos señores jamás habrán visto una revolución? Una revolución es, indiscutiblemente, la cosa más autoritaria que existe; es el acto a través del cual una parte de la población impone su voluntad a la otra parte por medio de fusiles, bayonetas y cañones, medios autoritarios desde que existen; y el partido victorioso, si no quiere haber luchado en vano, tiene que mantener ese dominio por el terror que sus armas inspiran a los reaccionarios. ¿La Comuna de París habría acaso durado un solo día si no hubiera sido empleada esa autoridad del pueblo armado frente a los burgueses? ¿No podemos, al contrario, criticarla por no haberse servido suficientemente de ella? Por lo tanto, una de dos: o los antiautoritarios no saben lo que dicen, y en ese caso no hacen sino sembrar la confusión; o saben y en ese caso traicionan el movimiento del proletariado. En uno y otro caso, sirven a la reacción”.

En esa situación de guerra civil y brutal crisis económica, los bolcheviques se vieron obligados a prohibir el funcionamiento de partidos soviéticos, como los socialistas-revolucionarios y los mencheviques. Líderes de ambos partidos formaron parte de gobiernos contrarrevolucionarios. El ejemplo más famoso es la participación de dirigentes de los SR en el gobierno del general blanco Kolchak, instalado en Samara. Los socialistas revolucionarios de izquierda que antes habían participado del primer gobierno soviético, llegaron a desencadenar una ola de atentados contra los bolcheviques, que hirieron a Lenin y mataron a Uritsky, miembro del Comité Central.

A pesar de esas actitudes abiertamente contrarrevolucionarias, las medidas que los bolcheviques tomaron – prohibición de la prensa y de los propios partidos – fueron limitadas. De una forma u otra, estos permanecieron en actividad incluso durante la guerra civil. Los líderes del Partido Comunista siempre defendieron la medida de prohibición de los partidos como provisoria, justificada únicamente por la necesidad de defensa de la república soviética. Con más razón, aplicaron el mismo criterio cuando tuvieron que prohibir las fracciones internas en el seno del partido bolchevique.

En este punto cabe abordar la cuestión que siempre aparece como telón de fondo del debate de los supuestos errores y tradiciones autoritarias de los bolcheviques. Se trata de la famosa discusión: ¿bolchevismo y stalinismo son dos caras de una misma moneda? ¿El stalinismo es hijo, aunque degenerado, del bolchevismo? Vale decir ¿el proceso de burocratización stalinista fue una consecuencia natural, una evolución, aunque cualitativa, de los errorres o de la política autoritaria de los bolcheviques?

El error básico de razonamiento que subyace a los planteos formulados de esa manera, es conceder a un factor subjetivo, el partido bolchevique, un papel superior, decisivo, capaz de revertir los procesos objetivos de la historia. El proceso de burocratización fue un fenómeno objetivo, que dependió directamente del desarrollo de la lucha de clases. En el caso concreto de la derrota de la revolución mundial y del consecuente aislamento de la Unión Soviética, potenciados por el tremendo atraso del país y del desgaste de las masas con la guerra civil. O sea, fenómenos opuestos a los que llevaron a los bolcheviques a dirigir el proletariado hasta la conquista del poder. A pesar de luchar contra los mismos, los bolcheviques no pudieron, ni podían, invertir el curso objetivo de la lucha de clases.

Incompatibilidad

Polemizando contra los que veían el stalinismo como continuidad del bolchevismo, Trotsky exponía la contradicción de esa conclusión: si el stalinismo es heredero del bolchevismo ¿por qué necesitó aniquilar físicamente a toda la vieja guardia bolchevique para consolidar su poder? “Después de la purga, la divisoria entre el stalinismo y el bolchevismo no es una línea sangrienta, sino todo un torrente de sangre. La aniquilación de toda la vieja generación bolchevique, de un sector importante de la generación intermedia, la que participó en la guerra civil, y del sector de la juventud que asumió seriamente las tradiciones bolcheviques, demuestra que entre el bolchevismo y el stalinismo existe una incompatibilidad que no es solo política, sino también directamente física”.

Trotsky explica ese “torrente de sangre” que separa el bolchevismo del stalinismo justamente por los elementos objetivos que motivaron la aparición y el desarrollo de ambos. El bolchevismo llegó al poder dentro de la ola revolucionariaque surgió en el fin de la Primera Guerra Mundial. Solo ese enorme impulso puede explicar cómo el Ejército Rojo, formado de la noche para el día, pudo salir victorioso de una guerra tan desigual contra los ejércitos blancos, armados y apoyados por tropas de países imperialistas. El stalinismo, al contrario, fue fruto del retroceso y derrota de la revolución internacional entre 1919 y 1923, con especial destaque para la derrota de la revolución alemana. Ese reflujo fue potenciado por el atraso de Rusia y por la aniquilación de gran parte de la clase obrera, especialmente los elementos más valiosos de la vanguardia, durante la guerra civil. El stalinismo, por lo tanto, es producto y expresión del retroceso de la revolución, y a su vez, al consolidarse como burocracia, agente de la marea contrarrevolucionaria que duró de 1923 hasta la derrota del nazismo en la Segunda Guerra Mundial.

El carácter inconciliable del bolchevismo y del stalinismo fue demostrado no solo por la saña asesina con que la burocracia stalinista se lanzó contra toda la “vieja guardia” bolchevique, sino también por la resistencia que los verdaderos bolcheviques ofrecieron al proceso de burocratización. El primero a luchar contra la burocratización fue el propio Lenin. Fue su último combate, solo interrumpido por su muerte en 1924. La bandera de la lucha contra la burocracia fue levantada por la Oposición de Izquierda, dirigida por Trotsky que la sintetizó en forma de programa político de transición en la lucha por la Revolución Política, una de las bases para la fundación de la Cuarta Internacional.

[Publicado el 9/10/2007] 
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Bernardo Cerdeira es miembro
del Consejo Editorial de la revista Marxismo Vivo 
 

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